Las Islas Galápagos: una sorprendente expedición al museo viviente

Entre los tesoros del Océano Pacífico se encuentran estas Islas Galápagos, un paraíso de biodiversidad declarado Patrimonio Natural de la Humanidad en 1979.

En un principio, todo es azul. Azul-azul-azul y más azul… de pronto, a lo lejos, se distingue una mancha de tierra que nos avisa que estamos por comenzar una aventura que todo amante de la naturaleza podría envidiar.

Hace siglos, nadie se hubiera imaginado que en medio del Océano Pacífico —a unos 972 kilómetros de la costa de Ecuador— se extiende un archipiélago con tanta concentración y diversidad de flora y fauna que hizo que el mismo joven Darwin lo considerara un “laboratorio de la evolución” y sembrara en él la inspiración para crear una de las teorías más revolucionarias de todos los tiempos, la de la selección natural.

El conjunto de 13 islas grandes, nueve medianas y cerca de 107 islotes, ha pasado de ser una tierra de nadie —en donde sólo marineros, bucaneros y balleneros paraban para cazar tortugas gigantes de las que obtenían carne para sobrevivir— a un laboratorio de observación científica global, hasta convertirse en el hot spot de ecoturismo que es hoy en día.

Descubriendo Las Encantadas

Lo más cerca que había estado de especies salvajes fue en los zoológicos y como creo en la frase de “hay que ver para creer”, decidí disfrutar una probadita de lo que hay en las Galápagos a la vieja usanza: en un barco de expedición.

Y no en uno cualquiera, sino en el Silver Galápagos —el primer barco de Silversea Cruises creado para un destino en particular—, por dos sencillas razones: lujo y comodidad. Sus paquetes incluyen los vuelos desde Quito hacia Galápagos, los transfers, noches de hotel en Quito previos al crucero, una noche en Guayaquil posterior tras el regreso y, muy importante, cuentan con el Certificado de Expedición otorgado por el Parque Nacional de Galápagos, sin el que sería imposible visitarlas, ya que el turismo está muy controlado —de hecho, son excursiones exclusivas que no pasan de 15 asistentes—.

Lo primero que hice fue escoger el recorrido que llamó más mi atención; los dos itinerarios —el de Oeste parte de San Cristóbal hasta Baltra y el Norte corre en sentido opuesto— cuentan con visitas y actividades diferentes. Pero no te preocupes, en ambos podrás convivir con especies exóticas que no existen en otro lugar del mundo y son experiencias inmersivas de la mano de guías expertos locales, avalados por el Parque Nacional Galápagos.

En todas las actividades noté que los animales nos tratan como a las demás especies: las iguanas marinas y las tortugas gigantes me miraban de reojo, como al descuido. Como me gusta el trekking, elegí una caminata en campos y túneles de lava (¡sí, de lava!) y un fascinante avistamiento que me permitió observar el ritual de apareamiento del alcatraz patiazul y de los pingüinos.

También pude nadar, snorkelear y bucear entre peces, mantarrayas, tiburones, focas, leones marinos, delfines y ballenas. De ese calibre fueron las experiencias que viví en las expediciones. Al final, tenía tanto mundo en la pupila que no cabría en todos mis cuadernos de viaje.

Hogar sobre las olas

Aunque bien dicen que para conocer un lugar hay que estar inmersos en su cultura, también es importante darle al cuerpo un poco de descanso; en ese sentido, el Silver Galápagos fue el hogar al que quería regresar después de mis extenuantes aventuras, pero hoy deseo volver pero al nuevo Silver Origin que tendrá su travesía inaugural en agosto 2020.

Todos sus espacios están pensados para que no te pierdas nada del paisaje. Tendrá ventanas de piso a techo y bañeras con vista al mar para contemplar las islas y brindarte la máxima comodidad posible. Personalicé mi suite con las amenidades de baño que amo, escogí mis almohadas y hasta pedí que el minibar tuviera mis bebidas favoritas. Y el mayordomo siempre estuvo atento para ayudarme en lo que necesitara.

La verdad, yo terminaba cada jornada lo bastante cansada como para no querer hacer nada más, pero algunos otros viajeros cerraban sus días en el Fitness Centre, tomando clases personalizadas o grupales de pilates y funcional… yo, por mi parte, prefería relajarme en el sauna y el vapor, mientras esperaba una más que merecida sesión de masaje, diseñado por la casa inglesa Elemis.

Debo reconocer que la gastronomía no es un punto fuerte a bordo, pero te da la oportunidad de probar platillos locales con ingredientes frescos y vinos de la región. Una de mis noches, disfruté un Old fashioned en el piano-bar del lounge, mientras a lo lejos ocurría la caída del atardecer.

El último día de mi viaje, una de las frases de El origen de las especies, la gran obra de Darwin, me daba vueltas en la cabeza: “No es el más fuerte ni el más inteligente el que sobrevive, sino el que responde mejor al cambio”. Después de este viaje, yo, definitivamente, no seré la misma.

galapagosislands.com

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