Confesiones de Rahm-bo

Jon Rahm

La primera impresión cuando ves en persona a Jon Rahm es un tanto contradictoria para un tipo de 25 años con un éxito tan indiscutible en el golf.

Corpulento, con manos grandes de aspecto poderoso (que ayudan a entender el mote de Rahmbo), en sus movimientos no hay nada que delate prisa alguna; su tono de voz y su semblante son serenos. Tanto que te entra el temor usual previo a una charla cuando el personaje se presenta en esas condiciones: “No quiere hablar”.

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Por suerte, la preocupación se desvanece en cuanto inicia la conversación y empieza. Invitados por Rolex, charlamos con el golfista español durante su visita a la Ciudad de México, donde participa en el WGC-Mexico Championship, desde el 19 hasta el domingo 23 de febrero del presente año.

¿Cómo mantienes la cabeza fría al jugar bajo presión?

— He hablado con muchos atletas sobre esto y la respuesta más común es la rutina: antes de jugar, antes de dar un golpe; Tiger Woods siempre habló de los 30 segundos que usa para entrar en su zona, olvidarse del mundo y concentrarse en el golpe. Requieres constancia para alcanzar ese estado mental y competir o trabajar al más alto nivel, porque lo mismo aplica con los presidentes de grandes compañías.

Jon Rahm explica también qué lo seduce de su deporte: “Competir contra mí mismo: tú eres quien debe entrenar, ser sincero consigo mismo y ponerse los límites. Aquí no dependes de nadie para competir y mejorar; en el tenis se involucra la persona frente a ti: puede que juegues muy mal, pero si esa persona juega peor, vas a ganar. En golf, si lo haces muy mal, es difícil que el resto de los 120 sea peor”.

Además, señala un momento clave: “No sé si al principio a todo mundo le encanta el golf, es tan complicado darle a la bola… pero el momento en que pegas el primer golpe, le das en el centro y la bola vuela… Ese sentimiento te atrapa y te hará volver a intentarlo”.

En cuanto a lo que el golf le ha dejado como persona, bromea: “Muy poco tiempo libre (risas). El golf me pone en mi sitio, me da humildad, porque por mucho que entrenes, cualquier día puedes volver a jugar mal y toca volver a empezar. Aunque estés en lo más alto del golf, cualquier día va a haber un bajón que te lleva a centrarte. Eso me ayuda a valorar el esfuerzo no sólo profesional, sino también en mis relaciones personales. Mi vida personal y el golf se apoyan en ese sentido”.

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