La fascinación del misterio de Rolls-Royce Wraith

Para la gran mayoría de las personas, los fantasmas no existen. Son un simple fruto de la imaginación de unos cuantos. Sin embargo para esos que sí lo han visto alguna vez, no hay nada más real. Esos espíritus que solo ellos pueden ver al gozar de un privilegio especial. Los pueden asustar o causar éxtasis, pero siempre serán fascinantes. Exactamente como ocurre con los Rolls Royce. La mayoría de los mortales puede pasar por su vida sin jamás haber vislumbrado uno. Pero el que pudo verlo, jamás lo olvida. Mucho menos el que tuvo la oportunidad de convivir con uno, como me tocó hacerlo ahora. La experiencia es incomparable.

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El nombre Wraith significa fantasma, al igual que Ghost y Phantom, sus dos hermanos en la marca británica. Cuando circulas con uno, incluso en una ciudad acostumbrada a las estrellas y a los automóviles como es Los Ángeles, entiendes que esa denominación es justificada. La gente nos mira como si vieran algo fuera de este mundo. A nuestro paso, varias manos salen de las ventanas de los demás autos; teléfonos son sacados a toda prisa por gente en las banquetas, todo para sacar una foto o, mejor aún, hacer un video.

Esto es normal. Primero porque el Wraith es un Rolls Royce, pero también porque no es cualquier Rolls. Se trata de uno de los más recientes miembros de la familia, que apenas que llegó al mercado en 2013. Además, su forma es realmente única. El techo se inclina de manera dramática desde arriba de la cabeza del piloto hacia el final de la tapa de la cajuela en una curva delicada pero atrevida y continua. No se percibe dónde termina el techo o empieza el cristal trasero ni la tapa del compartimiento de equipaje. Lo demás, claro, es marcado por ese frente históricamente imponente, coronado por la pequeña estatua conocida como “Espíritu del éxtasis”.

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Pero es en el interior donde un Rolls mejor marca su distancia de los demás autos. Lo primero que percibes es el olor. El Wraith exuda un aroma elegante, refinado, agradable. Todo esto sin recurrir a perfumes artificialmente puestos en el ambiente. Su esencia viene de la mezcla de materiales de primer nivel en todos, sí, todos sus rincones, desde los rieles cromados sobre los cuales corren los asientos hasta el cielo que es adornado por 1400 leds que ponen estrellas sobre nuestras cabezas en un techo que no se abre, mucho menos es transparente. La madera no sólo es real, viene de bosques cultivados exclusivamente para la marca. Todo lo que vemos cromado es metal y la profundidad de su brillo es inigualable.

Por supuesto que el aislamiento de ruido es impecable. Dentro del Wraith apenas nos enteramos de lo que sucede afuera. Claro, sí vamos a escuchar las sirenas de una ambulancia, algo que se permite como una concesión del lujo a la seguridad. En general lo que oímos es el soplido gentil del aire acondicionado o la música que emana del sistema de sonido Bespoke que incluye, claro, radio satelital y HD.

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A diferencia de la mayoría de los autos, al Wraith tenemos que acercarnos por delante para entrar a él, ya que las puertas abren al revés. Sí, son las famosas “puertas suicidas”. Una vez completamente abiertas la agarradera para cerrarla queda lejos de nuestra mano. Para evitar esfuerzos a sus ocupantes, hay un pequeño botón en cada extremidad de la parte superior del tablero, que cierra las puertas al presionarlos. Del lado del chofer se puede cerrar también la puerta derecha y abrir, mas no cerrar, la cajuela.

Del lado derecho de la columna de dirección está la palanca de cambios. Pequeña, delgada, con las indicaciones P, D; R y N. No hay paletas detrás del volante ni nada que sugiera deportividad. Porque este es un Rolls Royce y esto significa comodidad sobre todo, incluso en este auto que tiene el espacio trasero menos cómodo que el de los sedanes de la marca, lo que significa que fue hecho para ser conducido, no para sentarse en el asiento del patrón.

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Cuando nos animamos a pisarle duro, los 12 cilindros liberan el poder de los 628 caballos de fuerza (SAE) que viven en los 6.6 litros del motor y en menos de 5 segundos el auto ya estará corriendo a 100 km/h. Al volante, esto no se siente mucho, salvo que esa será una de las pocas ocasiones en las que se podrá escuchar el motor. La palabra de orden, por supuesto, es suavidad. El Wraith es absolutamente cómodo, como si anduviéramos en un tapete mágico sobre las nubes de nuestra imaginación. No es una comodidad al estilo estadounidense, más bien es más parecida a lo que percibimos en los grandes sedanes alemanes. Claro, su base es la del Serie 7 de BMW, pero sólo cerca de 30% de los elementos son compartidos. El Wraith tiene personalidad propia y nadie esperaba menos de un auto cuyo precio inicial en Estados Unidos es de 297 mil dólares (420 mil dólares en México) pero que con los opcionales que tenía esa cifra saltaba a los 398 mil billetes verdes.

El mundo lo sabe. En Beverly Hills, los turistas miran hacia el auto buscando a algún famoso en su interior. Fuera de ahí, encontramos por ejemplo, a una niña de cerca de 10 años de edad que le jala al brazo a su padre, apunta hacia nosotros y grita, en español: “Mira ese auto, Papá”. Era como si hubiera visto un fantasma. No uno que asusta, sino uno que encanta. De cierta forma, sí lo vio. Al menos vio algo tan raro como una aparición sobrenatural. Vislumbró un objeto que muy pocos ven durante toda su vida. Esa mirada ingenua y deslumbrada, esa sonrisa perfecta cuyo brillo solo encontrará rival en el de los ojos de quien lo reciba, hace de este auto un presente simplemente perfecto.

Puedo apostar que hubieras pensado en regalar cualquier cosa, menos un fantasma. Reconsidéralo.

Por: Sergio Oliveira

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